Si a cualquier persona que camina por la calle le preguntas sobre qué entiende por tertulia, probablemente pondrá de ejemplo programas como Sálvame, El Chiringuito de Jugones¸ o incluso si tienes algo de suerte y te topas con alguien serio, nombrará un programa como La sexta noche. En ellos trabajan personas que han adquirido la condición de tertulianos (según la RAE, persona que participa en una tertulia). Tertulianos que en realidad son periodistas que se dedican, normalmente, y lamento generalizar en un tema tan importante, a divagar sobre situaciones futuras inciertas, a hablar sobre la vida de la gente careciendo de los datos suficientes o montando una pequeña obra de teatro en la que se acaban enzarzandos sólo para atraer más y más audiencia.

Como estudiante de periodismo no me ha llegado la asignatura que me enseñe a hacer todo esto, quizá sea en un curso superior porque la dificultad de enseñarlo y aprenderlo es máxima; imposible saber dónde consiguieron el título todas estas personas. Podemos meter en ese saco de tertulianos nombres como Belén Esteban, Tomás Roncero o Kiko Hernández, los intelectuales del siglo XXI.

Qué lástima la involución que se ha sufrido en España. No estoy diciendo que lo que se ve ahora no sea una tertulia en sí, ya que esta palabra define a la reunión de personas interesadas en un mismo tema (hacer dinero, vaya). Pero si nos vamos a finales de siglo XIX, allá por 1888 abre sus puertas el Café Gijón, situado frente a la estación de Recoletos y que tiene como guardaespaldas a la Biblioteca Nacional de España. La Biblioteca Nacional es ese espacio que recoge alrededor de 30 millones de publicaciones producidas en territorio nacional desde comienzos del siglo XVIII. Justo en el centro de Madrid y en el lugar de la cultura, muy cerca del paseo del Prado, con el museo a los pies del Dios Neptuno y que acaba en la cuesta de Moyano, donde se recopilan los mejores clásicos españoles y extranjeros.

He empezado haciendo alusión a una involución porque, durante gran parte del siglo XX las tertulias se hacían en los cafés literarios, lugares donde intelectuales y artistas se juntaban y trataban diversos temas. Supongo que las personas creativas se empapan unas de otras mediante el diálogo, el típico Dios los cría y ellos se juntan; y esto precisamente, es lo que hacían, juntarse, charlar y escribir. Los tertulianos de entonces eran personajes como Buero Vallejo, Gerardo Diego, Ramón y Cajal, Gloria Fuertes, Pérez Galdós, Pérez-Reverte… Lo que convirtió el Café en el templo de la Generación del 27.

Desde el bar Hemingway en el Ritz de París, nombre puesto en honor a su fantástico cliente, ganador del Pulitzer por El viejo y el mar, y Nobel de Literatura por una larga obra; pasando por el Eagle and Child de Oxford, donde, entre pintas, J.R.R. Tolkien le daba vida al Hobbit más famoso de la tierra media, hasta el Ye Olde Cock Tavern de Londres, taberna que ya existía en los tiempos de un Charles Dickens que supo dar vida a Oliver Twist. Todos estos cafés en las principales ciudades del mundo no son los únicos, también los encontramos en Nueva York, La Habana, y, por supuesto, aquí en España.

El más famoso es aquel que he nombrado en uno de los párrafos iniciales: El Café Gijón. Y esto lo escribo casi con lágrimas en los ojos, ya que es allí donde las tertulias se hacían poesía, teatro y novela gracias a las mejores plumas hispanas de la historia.

Fundado en la primavera de 1888 por el nostálgico gijonés Gumersindo García, que dio el nombre a su negocio con el nombre de la ciudad que le vio nacer y donde pasó sus primeros años de vida. Algo que era imposible de pensar por el fundador es que su negocio se convertiría en una institución y el Café más famoso de España. Tras un traspaso a un humilde peluquero, Benigno López y, después del fallecimiento de éste, se puso al frente su viuda y con ella al mando se vivieron los años más gloriosos. La vida del Café se intensificó, allí acudían los escritores, los pintores y demás artistas que cubrían el cupo de intelectuales, ya que allí, se respiraba sobre todo arte, y era en el Café Gijón donde invocaban a su musa.

Otra fecha muy importante en la historia del Café es el año 1949, cuando Fernando Fernán Gómez creó el premio de novela corta Café Gijón, que se continúa convocando como premio anual, y que entre los ganadores se encuentran dos escritoras de bastante renombre como Carmen Martín Gaite o Ana María Matute. Mientras, se continuaban las tertulias; acogiendo a las primeras figuras de la literatura, músicos, actores, bohemios…

“Aunque para algunos Gerardo Diego, con esa pose o esa extraña sinceridad de atontado oficial, era de trato difícil” escribe Carlos González Espina en su libro El “Café Gijón”. Gerardo Diego fue uno de los poetas perteneciente a la generación del 27 y uno de los tertulianos más importantes de siglo XX, habitual en muchas tertulias madrileñas del siglo pasado y figura importante en la literatura hispánica.

“Estuve un largo rato, quizá horas, viviendo aquello, disfrutando aquello, diciéndome para mis adentros, para mi café con leche: esto es el Café Gijón, estoy en el Café Gijón, en el capullo del meollo del bollo, aquí es donde pasa todo. Pero no pasaba nada”. Estas líneas, del libro La noche que llegué al Café Gijón de Francisco Umbral. Crítico, sí, pero con razón. No todo es de color de rosas, no siempre que se reúnen los denominados intelectuales salta una chispa que enciende las bombillas de mil cabezas prodigiosas.

A los que nos gusta escribir, entre los cuales me incluyo, sabemos que es complicado, y mucho, sacar buenos párrafos día sí, día también. Te tiras dos meses en los que escribes veinte páginas para eliminaras de un plumazo porque no te parece suficientemente bueno. Yo no estoy a ese nivel, ni mucho menos, pero supongo que a los grandes literatos en lengua hispana (o anglosajona) les pasará algo parecido; también tendrán sus crisis, sus problemas familiares que les ocupan la cabeza y les secan las tintas de sus plumas. Quizá Francisco Umbral fue en una de esas noches malas, o quizá no supo adaptarse y saber buscar lo bueno de verdad.

En realidad, acaba alabando todo aquello; pero ese extracto es el inicial, y quizá en eso reside la belleza del libro; lo pinta como algo muy malo, pero en realidad acaba enamorado del ambiente, de esa atmósfera cultural que tiene el Café. Siempre me han gustado los libros en los que nada es lo que parece; porque es como un truco de magia, donde el escritor (el mago en este caso) nos señala hacia una dirección para, posteriormente, llegar al lado opuesto y fascinarnos con su maravilloso truco, porque al final no hay mucha diferencia entre escribir un buen libo y hacer un buen truco de magia, el espectador se fascina y es probablemente igual de complicado.

Tuve la fortuna de ir un día lluvioso, lo que aumentaba el tono nostálgico y llenando la escena de un romanticismo al cuál le faltaba perder la saturación de los colores y vivir en blanco y negro para transportarme a cualquier película de la época.

Me quedé mirando la fachada de mármol marrón y me atreví a entrar a pedir un café con leche, corto de café y con doble de azúcar. Mudo, salí a la media hora hablando con un amigo que me acompaño en esta aventura. El saber que los grandes de la generación del 27 estuvieron dos metros más a la izquierda es impactante. Unos cuantos años atrás, sí, pero en el mismo espacio en el que me encontraba, y, al contrario que le pasó a Francisco Umbral, consiguió inspirarme.

Acabamos yendo calle abajo, dejando atrás la Biblioteca Nacional, pasando de largo por Cibeles y el antiguo ayuntamiento madrileño; entrando al Prado por los Jerónimos y, tras cruzarlo llegar a esa cuesta de Moyano, donde los feriantes ponen repisas de libros para que nos podamos juntar con todas esas plumas clásicas que hablaban mientras tomaban café en el mismo lugar de donde venía.

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  • Irene E

    Lo primero de todo, darte la enhorabuena por esta pedazo entrada porque es, simplemente, impresionante. Por otra parte, agradecerte que me hayas descubierto este paraíso. Espero poder pisar ese lugar pronto y llenarme de su magia, porque estoy segura de que es algo que no tiene precio para los amantes de la lectura.

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