Cuando la aristocracia francesa se rindió al mendigo

Con el día de San Valentín reciente las heridas de los románticos solitarios y las sonrisas de los románticos emparejados siguen latentes. El concepto de Romanticismo se ve limitado en la actualidad a tres frases de amor y cuatro míseros detalles por la persona que nos hace más fácil el camino. Pero hagamos un viaje al pasado desde el sillón y situémonos en la Alemania (los amantes de la cerveza) y en el Reino Unido (los amantes del té con leche) de finales del siglo XVIII. Por aquel entonces empezaba a surgir un movimiento que rompería en todas las disciplinas con las reglas tradicionalistas estereotipadas. La sustitución de la tiranía por la libertad.

Se fija en la cabeza de intelectuales como Dickens, Goethe, Chopin o Bécquer el sentimiento y el espíritu como principales ideas por las cuales morir. “El romanticismo no es más que el liberalismo en literatura”, dijo Víctor Hugo, y con ese símil despeja toda clase de duda al respecto, y nos marca la senda principal que seguiría la pintura y la literatura durante gran parte del siglo XIX.

Dos siglos después los aficionados al arte escasean entre una mayoría que pone en juego su felicidad y pierde la cabeza y el sueño por el fútbol. El fútbol es ese deporte de caballeros jugado por hooligans, dicen, pero lo que no se dice tanto es que el fútbol se mueve por sentimientos. Esos sentimientos que rompían con el absolutismo tradicional a finales de siglo XVIII. Se podría decir, entonces, que los aficionados al fútbol somos románticos en una escala entre el disfrute y la enfermedad.

Son estos sentimientos, ese romanticismo el que nos hace vibrar con nuestro equipo y nos da tremendas alegrías cuando ocurren gestas en otros lugares que, a priori, no nos interesan. Si tuviésemos la piedra y la capacidad de elegir a quién otorgársela, la mayoría se la daríamos a David, por unos motivos u otros, para que Goliat salga derrotado. Que el pez pequeño sea el que se coma al grande es lo que espera todo el mundo, por ser inesperado; y por dar ese baño de humildad, por ver caer al que nunca cae.

La temporada pasada la Premier fue la que vivió este fenómeno. Desde la temporada 95-96 las ligas habían tenido como destino Londres (Chelsea y Arsenal) o Manchester (United y City). Pero la sorpresa no está en que haya cambiado de aires y visitase Leicester. La preciosa sorpresa está en que el Leicester City es un equipo modesto, que pasó más de diez años estancado en Championship y que, tras ascender, acabó salvándose de milagro. Una temporada más tarde se proclama campeón de liga aventajando en diez, once y quince a Arsenal, Tottenham y Manchester City, fantástico. Si bien es verdad que ninguno de los grandes tuvo su año, no hay que quitar mérito a los Vardy, Mahrez, Drinkwater y compañía, ni otorgárselo a la suerte.

Ya en la 2008-2009 se vio otro caso parecido en Alemania. La Bundesliga tiene un rey eterno que ha acaparado 26 de las 51 temporadas que ha participado desde que adoptara este nombre y su formato. Eterno porque el Bayern de Munich es el que más éxito ha tenido, el que más lo está teniendo y el que, salvo milagro, lo seguirá teniendo en un futuro. El VfL Wolfsburgo nació con la muerte de la Segunda Guerra Mundial en 1945 y pasó de puntillas por las competiciones nacionales hasta bien entrado el nuevo siglo. Una copa nacional (2014-2015) y la supercopa de ese mismo año son los escoltas el mayor logro de la historia del club: la Bundesliga de 2009. Al igual que en el caso anterior, los equipos importantes no estuvieron a la altura de los demás años y es ahí cuando las oportunidades deberían ser aprovechadas.

El Bayern de Klose, Luca Toni, Lucio, Van Bommel, Lahm y Zé Roberto no pudo con los lobos, que contaban con el actual capitán, Benaglio, y otros jugadores de buen nivel, pero lejos de estar entre los mejores como Obafemi Martins, Edin Dzeko, Barzagli y, la estrella de aquel año, Grafite.

Pero aquello que sucede una vez, es posible que no ocurra de nuevo, pero si ocurre dos veces, tendrá lugar una tercera. La historia más bonita y la más vibrante fue el triunfo del Montpellier Hérault Sport Club. La historia de desamor del Montpellier con la Ligue 1 era larga, un libro extenso, un equipo ascensor que alternaba temporadas en primera y segunda división y, por lo tanto, alternaba alegrías y penas a partes iguales. Fue fundado en 1919 por un puñado de aficionados de clase alta y que pronto consiguió su primer título: la copa francesa.

Prometedor, ¿no? No sé si creerme eso de que el fútbol te devuelve lo que le das. En parte sí, porque por mucho sufrimiento y por muchos años en la cuneta, acaba pasando algo grandioso, pero, por otra parte, ¿merece la pena? O, mejor dicho, ¿dura lo suficiente la gloria como para compensar todos esos malos tragos? 60 años de espera para ganar su segunda copa y otros nueve más para alzarse con la Intertoto de 1999.

La liga de la 2011-2012 es una historia bella por dos datos: el primero de ellos es el de un campeón inestable y primerizo; el segundo, la competencia a nivel económico y cualitativo con sus rivales aquel año, sobre todo el PSG de Al-Thani y sus estrellas Sirigu, Sakho, Nenê, Pastore, Motta, Ménez o Gameiro.

Renè Girard hizo de su equipo un ejemplo de equilibrio táctico, con un 4-2-3-1 innegociable. Lo más importante que hizo Girard fue meter en la cabeza de sus futbolistas la idea de compromiso defensivo, de solidez, de ayudas, al fin y al cabo, de bloque. En ataque, utilizando los automatismos de juego de posición y salida desde atrás. En el año 2011 ese juego de posición que Guardiola aplicaba en su imparable Barcelona fue imitada por algunos técnicos en Europa, Heynckes (en el Bayern), Ancelotti (en el PSG) y Girard fueron algunos de ellos. Movilidad sin balón, una salida limpia gracias a una especie de 2-4-3-1 en la que las opciones se multiplicaban al colocar a los laterales en línea con ambos mediocentros; así como un gran espacio entre líneas donde Yoùnes Belhanda era amo y señor del fútbol francés.

En potería contaba con Jourdren como titularísimo durante toda la temporada. De los pocos que continúa en el equipo demostraba ser un portero algo falto de juego de pies y con fallos, en algunas ocasiones, de colocación. El problema del juego de pies es algo que se ha mejorado mucho en estos últimos años, pero que por aquel entonces eran pocos los que lo dominaban. Aun así, portero de garantías, que transmite confianza por su tranquilidad y seriedad bajo palos.

En defensa ha habido pocos cambios, como en la mayoría del once, que mantuvo su columna vertebral casi intacta a lo largo de la temporada. Hilton-Yanga Mbiwa como pareja de centrales tácticamente excelente (sobre todo gracias a la experiencia de Hilton) y la capacidad de anticipación de Yanga Mbiwa, lo que le valió a este último para fichar por el Newcastle al año siguiente. Su aportación con balón fue escasa, tampoco podía Girard exigir una gran salida de balón por parte de sus centrales, y ahí quizá reside su inteligencia al abrir el campo y buscar esa salida de balón por otros carriles.

En esos carriles se ubicaban Bocaly y Bedimo, dos laterales muy profundos, sobre todo por parte del camerunés (actualmente en el Marsella) debido a su zancada y potencia para llegar de segunda línea. Bocaly, por contra, medía mucho más sus subidas, eligiendo cuándo aparecer y cuándo no.

Pero lo más importante de aquella temporada fue el doble pivote que formaron Jamel Saihi y Marco Estrada. Algo innegociable para Girard aquel año y que sólo tuvo una temporada estelar. Saihi en los años siguientes bajó su nivel hasta que fichó el pasado verano por el Angers, jugador más posicional, actuaba (y lo sigue haciendo) de ancla, buscando siempre la ayuda al mediocentro que se deja caer por tres cuartos y actuando de quinto central en balones laterales. A su compañero, Marco Estrada, se le perdió la pista antes. Al año siguiente fue traspasado al Al-Whada. Es una pena lo de este último, ya que tenía un golpeo excelso de balón y una interpretación del tiempo de juego exquisita.

Algo paradójico es el caso de las dos variantes (poco utilizadas) para el doble pivote. Jugadores que aquel año los pilló pronto por su juventud pero que ahora están disputando buenos minutos. Estos son Stambouli (en el Schalke 04), un mediocentro que destaca por adaptarse a la posición de central e incluso de lateral derecho. El otro, Marveaux, un jugador más asociativo que permanece en el Montpellier, pero que sigue sin adquirir un rol de titular indiscutible.

El tres del 4-2-3-1 en el fútbol es algo importantísimo. Conecta el bloque defensivo con el killer de turno. Ahí se cuece el fútbol, en la posición de 10 y los carriles del 7 y el 11. Por fuera, Souleymane Camara y John Utaka. Jugadores cumplidores, tampoco excelentes técnicamente, pero que sabían sus virtudes y sus cometidos: ofensivamente, hacer grande el campo, a lo largo y a lo ancho; defensivamente, ayudas a sus laterales para defender el 2 vs 1 rival. Ese “hacer grande el campo” era fundamental para que los dos jugadores que jugaban de enganche tuviesen espacio para sacar la magia. Younès Belhanda, la estrella junto a Giroud, Aït-Fana, de una calidad en su pie derecho a la altura de los mejores, pero que físicamente le bajaba puntos, y un joven Cabella que prometía, pero que no consiguió triunfar fuera de su país. Ahora, titular para Rudi García en el Olympique de Marsella.

Pero volvamos a Belhanda, aquel que enamoró con su gol de media chilena al Marsella, aquel que bailaba con el balón en la mediapunta del Montpellier, se quedó en menos de lo que parecía que iba a ser. La temporada en la que se proclama campeón de liga le llega con 22 años, y cuando un jugador llega a tal nivel a tan temprana edad, si no elige bien sus destinos no consigue la evolución que podría haber tenido. Ni el Dinamo de Kiev, ni el Schalke eran sus equipos. La vuelta a Francia de la mano del Niza, está volviendo a recuperar al jugador marroquí.

Por último, Olivier Giroud. Temporada estratosférica, indiscutible en el once. Máximo goleador de la Ligue 1 ese año mantuvo las opciones de liderato vivas durante todo el año. La forma de jugar, en fase de ataque pasivo, no le ayudaba para nada, pero la profundidad de Utaka y Camara hicieron que el delantero francés se comprara el billete de ida a Londres para fichar por el Arsenal a base de goles tras centros laterales.

Cinco temporadas después, en el sur de Francia siguen viviendo del recuerdo de la temporada soñada, si volverá a suceder, no lo sabe nadie, lo único que podemos hacer es sentarnos cada domingo en el sofá, y esperar el tiempo que haga falta para volver a ver al pequeño tocar el cielo.

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