Helarte al mirar: Desde la mirada de Clint Eastwood a la de Edward Norton

“Allí, donde termina tu mirada, empieza el frío”, escribe majestuosamente Karmelo Iribarren en su libro Las Luces Interiores. Con esta frase en la cabeza iba caminando por las calles de mi ciudad cuando, al doblar la esquina, diviso un letrero rojo en el que se puede leer con letras blancas “Súperchollos”. Presuntuoso, me gusta; así que entro sin pensármelo, para averiguar si eran soberbios o simplemente era publicidad engañosa.  Un local viejo y pequeño, de paredes blancas y sucias, repletas de posters de grupos musicales, desde Linkin Park hasta los Backstreet Boys. También cubrían las paredes la carátula de algunos estrenos de los setenta, impresos en papel, con las esquinas medio rotas y las chinchetas que los sujetaban a punto de caer. Un mostrador marrón oscuro y un dependiente no más joven que la tienda, o eso parecía por sus canas y las arrugas de su frente, a la izquierda. A la derecha, tres estanterías paralelas y dos cestas enormes de mimbre llenas de CD’s, libros, vinilos, películas en DVD, periódicos antiguos y colecciones de cromos varias.

Mientras ojeaba los títulos de cada una de las cajas de películas seguía dándole vueltas al verso de Iribarren. No perdía detalle, sabía que si pasaba a lo largo de las estanterías mis ojos irían más rápido que mi cabeza y no quería dejarme nada en el tintero. Cogí unos cuantos títulos por las fotos que los escoltaban, fotos en las que el protagonista me miraba fijamente; y ahí, donde terminaban esas miradas (si es que no se hacían tan profundas que acababas perdiéndote en ellas), empezaban a helarme. Agarré el taco de películas con una mano a la altura del pecho y las sujetaba con la barbilla para, con la otra mano, atracar al anciano dependiente otorgándole un billete de color rojo.  Bueno, bonito y barato; en lugar de escritor y cineasta debería haberme hecho bróker…

La mirada del ilusionista Eisenheim está a la altura de muy pocos. Este personaje está basado en el mago y vidente Erik Jan Hanussen, famoso en la Viena de principio de siglo XX y hallado muerto en extrañas circunstancias. Cuando hablamos de extrañas circunstancias, hablamos de asesinato. Serio y pasional, frío e inteligente, que consigue jugar con la imaginación de su público, ignorante y crédulo, con tan solo sentarse en una silla y llevar a su lado a Sophie, el amor de su vida.

Pero centrémonos en lo importante; cualquiera que vea la carátula, con un señor mirándote fijamente en primer plano, que sujeta el sol (quien dice sol, dice una bola de cristal amarilla, pero me gusta pensar en gigante) con su mano izquierda; una mujer rubia con la mirada perdida, de proporciones perfectas y belleza iluminadora, casi tanto como el sol del primer plano, y, por detrás de ambos, un individuo con cara de espía. Si a todo esto le sumamos un título sencillo, acompañado de un lema que desvela mucho sobre el contenido: Nada es lo que parece.

Al ver todo esto el pensamiento es claro: típico largometraje en el que un mago burla a la policía y autoridades políticas para hacerse rico de la noche a la mañana, para asegurar todo ello en un paraíso fiscal y pasar el resto de su vida en Punta Cana rodeado de mojitos, arena blanca y agua cristalina. Recuerdo, nada es lo que parece. Porque no es eso, hay un trasfondo, no es sólo un chasquido de dedos y el conejo sale de la chistera. Todo es sutil, cada detalle, cada movimiento es elegante, lento, como recreándose en él. Cada mirada paraliza, al espectador y a los actores mientras trabajan, al director y al ojo de la cámara. Hay muchos que creen que la magia no existe, que todo tiene una explicación empírica y lógica, pero a mí me gusta pensar que está ahí; y la mejor forma de acercarse a ella, es el cine.

Me gusta mucho el mundo mágico, así que me niego a abandonarlo. Siempre, desde que vi esa saga que dura más de diez horas recogidas en tres películas de ritmo lento, sangre, acción y una trama que hace amigos a un enano, un elfo, dos pares de hobbits, un mago y varios hombres; si para trabajar en ella era requisito indispensable tener los ojos claros. Esto no lo digo por ser un envidioso de iris negro azabache, es simplemente una duda existencial. Orlando Bloom es la excepción que confirma la regla, pero es que el elfo, además de tener la puntería de un francotirador ruso y una melena blanca recogida tras sus puntiagudas orejas, tiene una mirada más profunda que un texto de Paulo Coelho.

Pero bueno, en realidad creo que voy a caer en lo típico y voy a poner en primer puesto, en cuanto a miradas que me hielan, a Viggo Mortesen. Ese hombre heredero al trono y exiliado que vuelve para salvar al mundo y que daría vida, posteriormente, a Diego Alatriste en la película con su mismo nombre. Una mirada llena de vida, hasta cubierta de sangre, de color azul; pero cómo no va a estar llena de vida la mirada de un hombre que ejerce como poeta, músico, fotógrafo y pintor. Sin duda alguna, tiene el cielo ganado, alguien que crea arte de la nada, alguien que es capaz de cultivar el jardín de nuestras mentes, como decía Paul Auster, entra por la puerta grande y a hombros a eso que llaman el paraíso.

Eso sí, ahora que el fiel seguidor que defiende su saga favorita hasta el final, contra viento y marea, ha leído lo que quería leer y le da igual cómo siga que coincidirá conmigo en la mayoría de los argumentos; voy a meterme un poco con mi queridísimo Elijah Wood. Digo que le aprecio porque la calidad de su trabajo es indudable, porque, aunque su personaje no sea del todo de mi agrado, su actuación como Frodo Bolsón es fantástica. Pero me voy a meter con él, no con su personaje, al igual que me pasará con Daniel Radcliffe de aquí a poco tiempo. Actores que marcaron gran parte de mi infancia, que me hicieron viajar a Rivendel y a Hogwarts, y a cuyos personajes he querido más que a alguna de mis novias (sin ofender, claro); pero actores que después de aquello no han vuelto a hacer algo semejante. No queda otra que quedarme con todos esos frames y guardármelos en la memoria como si de unas cartas viejas en el sótano se tratase. En aquella esquina del desván de mi memoria morirán sin más remedio.

Morir sin más remedio; al final es lo que todos y cada uno haremos. Estaremos de acuerdo en que hay muchos modos y maneras de morir: asesinado por alguien de ideología radical por el hecho de ser de una minoría étnica diferente; por relacionarte con determinadas personas y verte inmerso en asuntos que no tienen que ver contigo; por meterte con quien no debes y tener que hacerlo, aunque no quieras por presión social, o incluso por salvar de un incendio a un niño atrapado en el tercer piso en llamas.  En realidad, las terapias de choque hacen cambiar la opinión de la gente.

Una de las miradas más helantes del cine, la de ese nazi, Derek Vinyard, que sale de su casa, descamisado, sin nada que cubra la esvástica que ocupa gran parte de su pectoral zurdo. Escena en blanco y negro, cámara lenta, frialdad en los actos, frialdad en esa mirada y frialdad en esa sonrisa de satisfacción y orgullo por lo que acaba de hacer. Pero lo que realmente hiela es la mirada de unos años después, a color, y tras estar rehabilitado tras su paso por prisión. Una mirada fría por los acontecimientos, una mirada fría por el dolor y sufrimiento del propio personaje, una mirada fría por la vida, y su ida sin remedio. Aunque trate temas espinosos, vemos continuos recursos discursivos serviles al nazismo, música punk, lenguaje ofensivo y otros símbolos que pueden (o no) pertenecer al movimiento.

Una verdadera obra de arte, que no está basada en hechos reales en cuanto a nombres, ciudades o fechas pero que refleja por completo los hechos, que por suerte ya en nuestra época no suceden de esa forma, que se sufrieron en la segunda mitad de siglo XX en EEUU. “Mi conclusión es que el odio es un lastre. La vida es demasiado corta para estar siempre cabreado”. No hay más que decir, al menos sobre este tema…

El arte al mirar de Edward Norton es simplemente sublime. El ilusionista Eisenheim y Derek Vinyard. A estos dos se les une uno de sus mejores trabajos, dando vida a un hombre con insomnio que acaba fundando un selecto club en el que hombres como él (aparentemente normales) van al sótano de un bar cada fin de semana para pegarse hasta ver sangre, hasta acabar con los dos ojos inyectados en salmorejo teñido unos días más tare de morado casi negro. Pero más allá de la trama de la película; algo que aquí estamos dando por sabido o que carece de lo suficientemente importante, hay que destacar dos miradas de Edward. La primera y la última. Bueno, corrijo, la más antigua en el tiempo interno de la película y la última en ese mismo tiempo.

La primera de todas, un hombre que sufre insomnio, con ojeras de elefante y que acude a reuniones de hombres con cáncer de testículo, lugar donde tras llorar consigue dormir a pierna suelta. En esta primera parte vemos al narrador (le llamaremos así porque en ningún momento se menciona su nombre) pasar por fases reflejadas perfectamente en su mirada. Hombre con sueño, hombre lloroso, hombre feliz tras nueve horas de sueño, hombre frustrado por la aparición en escena de Helena Bonham Carter, una farsante (al igual que él) que le acaba llevando por la calle de la amargura. En la segunda parte, un narrador completamente distinto. Un narrador feliz al principio por encontrar en Brad Pitt un amigo que le acompaña al fin del mundo, que le ayuda a crear el club. Feliz cuando le quitan de un puñetazo los dientes, su mirada refleja felicidad en esos momentos. De la felicidad, a la ruina, al agotamiento por su amigo, al cansancio de tener que aguantar a Helena, a la locura que le lleva a la mirada final.

Un plano picado, situado en los ojos del asesino que sujeta con su mano derecha una pistola cuyo cañón se sitúa entre los labios de nuestro narrador, que mira, además, a nuestros ojos. En esa escena matamos a Edward Norton, insensatos, tras hora y media de empatía con el protagonista, el director nos pone como asesinos del mismo.

Reflexionemos sobre esto… O reflexionemos sobre la vida y su cruel (o no tan cruel) destino. Una enemistad que se remonta a la guerra de Corea y que termina con una amistad que sobrepasa los límites de la familia. Cómo de algo malo, muy malo, como el robo de un coche y un casi disparo en la sien desembocan en heredar ese mismo coche. Lo que hace Clint Eastwood no es interpretar, es un nivel superior, siempre ese papel de viejo egoísta al que le da igual apuntar a un caballero del oeste, hacer la ley aplicarla siendo Harry el sucio o salvar a la familia asiática a la cual odia desde su viudedad.

Pero no me apetece hablar de ese Gran Torino, que quien lo pillara. Vengo de hablar del deporte, esa salvación para muchos, ese punto de fuga de chicos rebeldes, esa disciplina que consigue encarrilar a cualquier persona poniendo una meta en su mapa, a la cual llegará por el camino correcto si hace lo que debe hacer. Se han hecho mil películas de deporte, desde Invictus hasta Space Jam; se han hecho mil películas de boxeo, desde la saga de Rocky hasta The Fighter, pero hay una por encima de todas.

Sé que sabes de cual hablo, y espero que la hayas visto. La lección de vida de esta es increíble. “Es la magia de arriesgarlo todo por un sueño que nadie ve más que tú”. Una camarera que viaja a Los Ángeles a convertirse en boxeadora y que es rechazada por el propio Clint, para ser admitida más tarde por el mismo Eastwood. Una historia que por mucho que puede parecer que acabará bien está destinada a un cruel final. De género, la vida; porque en realidad es lo que refleja, que muchas veces, porque cojas una pala y empieces a cavar, jamás llegarás al centro de la tierra, por eso Julio Verne decidió viajar a él folio en mano y desde su escritorio. Por si fuera poco, aparte de lo dramático de la historia, el elenco es experto en helar con la mirada. Como para no hacerlo.

La escena final de la que hablo es idéntica, pero con los personajes intercambiados en Interstellar. Sólo el hecho de tener la idea es una genialidad. La ejecución, puede estar en duda; pero lo que intenta hacer Christopher Nolan de ir más allá, de jugar con el tiempo y con nuestra mente. De retorcernos el cerebro hasta que nos exprime toda la materia gris que lo hidrata. Jugar con la relatividad del tiempo hasta el extremo, querer sobrepasar los límites, hasta el punto de convertir a la hija del protagonista en la madre del mismo por edad, sólo lo había hecho un alocado Albert Einstein y escondido detrás de un papel aplicando fórmulas, y ese querer ir más allá es lo que realmente se valora. El arte al mirar reside en la edad.

Ver a un Matthew McConaughey siempre joven, con una mirada enérgica, con sueños e ilusión por su trabajo. Ver a su hija, desde pequeña decepcionada cuando se va, desesperada cuando no vuelve, triste cuando no contesta sus mensajes y feliz cuando, en su lecho de muerte recibe la visita de su padre, cuarenta años más joven que ella. Ver la evolución de Anne Hathaway, de ser una insegura con fe ciega en su padre a una mujer capaz de encontrar lo que durante toda la trama se anda buscando. Es imposible describir lo que todas estas miradas transmiten, por eso que se dice de que una imagen vale más que mil palabras, y una mirada en silencio puede ser el grito más fuerte; así que, si juntamos ambas, sólo queda buscar esas miradas que te hielen, ese arte, que te haga llorar.

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  • Mario Cano Lopez

    Esta entrada es espectacular, tenía demasiadas ganas de verla ya publicada… Enhorabuena Javito.

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  • Irene E

    Buenísima la entrada, enhorabuena

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