El legado de las sombras

Resulta paradójico ver cómo la ausencia de luz, entendida en un contexto artístico, ha propiciado una de las técnicas pictóricas más brillantes y laudables que se recuerdan. La sombra ha viajado a lo largo de la historia del arte con diferentes caras. En un principio, decidió pasar desapercibida. No pareciera que nadie la hubiera visto, o al menos, el que la vio, no la dejó documentada. Dicen algunos que las pinturas rupestres del Neolítico decidieron acogerla. Tal vez algún aventurado visionario, de la forma más rudimentaria posible, quiso representar lo que algún día sería un recurso icónico imprescindible. Aunque esto, me temo, son especulaciones. No puedo contrastarlo.

Allá por los siglos XV y XVI, en la Europa Occidental, «la más transitoria de las sustancias» fue capturada por un grupo de genios renacentistas que se sirvieron de ella para jugar con las perspectivas, con el volumen, incrementando, así, el grado de realidad plasmado en sus lienzos. La hasta entonces efímera e inocua sombra cesaría sus afanes de fugacidad, adentrándose en lo más profundo de las convicciones artísticas de la época. La sombra, por tanto, había llegado a la pintura para quedarse.

Romanticismos aparte, la representación de la sombra en el arte, y con más fuerza todavía en la pintura, supuso un antes y un después en la forma de entender los espacios compositivos de una representación pictórica. Si bien su intencionalidad ha sido fundamentalmente naturalista, queriendo recalcar de distintas maneras la verosimilitud de lo representado, la sombra ha sido dotada de todo tipo de connotaciones sujetas a las distintas épocas y corrientes artísticas.

Las primeras sombras en el arte datan del S. IV a.C., todas ellas vinculadas a escenografías teatrales y al sombreado de objetos en relieve. No obstante, y como se ha mencionado anteriormente, la sombra proyectada en el arte hace su verdadera aparición en el Renacimiento (S. XV – S. XVI). Su surgimiento va estrechamente ligado a la aparición de la perspectiva en las representaciones artísticas, pues la sombra no es otra cosa que el resultado de la exposición de un elemento corpóreo y con volumen a una luz que la refleja sobre una superficie de proyección.

La sombra pasa a ser un elemento más para dar profundidad y perspectiva a las imágenes. En la pintura predomina la perspectiva central como adquisición de un lenguaje espacial que, además, conduce a una unidad buscada desde hacía ya mucho tiempo. A través de claroscuros y contrastes de luces y sombras, las formas toman un aspecto redondeado en detrimento de la apariencia plana que tenían las figuras en etapas anteriores.

La representación de la sombra, en su contexto renacentista, es adoptada por una temática en concreto: «La Anunciación». Aunque de forma poco llamativa, ya en la tercera Anunciación de Fra Angélico, que podemos visitar en el Museo del Prado, se puede ver el efecto que hace la sombra en los ropajes de La Virgen. También se dice que la sombra, en este caso, hace referencia a un aspecto simbólico relacionado con la divinidad: «El reflejo opaco del Ángel o de la Virgen alude a la “sombra del Todopoderoso”», dice al respecto el catedrático de Historia del Arte Juan Antonio Ramírez en «Historia del Arte: la Edad Moderna». Mención especial a las anunciaciones de Jan van Eyck o Ludovico Carracci, quienes, aunque de forma tenue, también participaron en el juego de luces y sombras.

Aunque la sombra fue un elemento icónico muy representativo durante el Renacimiento, no fue hasta el Barroco (S. XII– finales del S. XIII) cuando este recurso adquirió el mayor protagonismo que había tenido en toda la historia del arte. De la mano del Barroco, la técnica del «claroscuro» experimentó su máximo esplendor. Mientras que en el Renacimiento la luz está subordinada a la forma, permitiendo percibir mejor los rasgos; en el Barroco la forma está subordinada a la luz, por lo que las figuras pueden desvanecerse en pro de mostrar una intensidad luminosa fuerte y, por ende, sombras sobresalientes. Podemos decir que el Barroco es el arte de plasmar pictóricamente la luz.

En el barroco la luz se hace muy efectista y no importa que refleje o no la realidad de forma verosímil. Es más importante que aporte un impacto visual a la imagen. Esto se consigue a través de los contrastes fuertes entre luces y sombras y la iluminación exagerada de lo que se desea resaltar (Tenebrismo). El claroscuro aparece en otros períodos artísticos, pero nunca tan recurrente como en el Barroco. Generalmente, la diferencia entre superficies iluminadas y no iluminadas es total. Esta técnica permite resaltar lo que se desea y centrar la atención del espectador sobre ello, sin distracciones ni dispersiones.

Dentro de este deseo de plasmar la luz, surge el Tenebrismo, cuyo precursor fue el controvertido pintor barroco Miguel Ángel Caravaggio. Siguiendo la línea de Giotto, Masaccio y Mantegna; Caravaggio lleva a un nivel superior lo que ya se estaba haciendo en la época a través de las técnicas del claroscuro. El Tenebrismo se caracteriza por el violento contraste de luces y sombras mediante una forzada iluminación. Esta es muy evidente cuando se hace llegar un foco de luz marcando una diagonal en la pared del fondo.

Uno de los ejemplos por excelencia del tenebrismo de Caravaggio es su cuadro «La vocación de San Mateo». Aquí podemos ver cómo la luz, partiendo de un ángulo, cruza la sala diagonalmente iluminando los rostros de las personas. Con este fuerte contraste entre luces y sombras se consigue resaltar las figuras u objetos principales de la composición. Asimismo, se logra dar volumen a las formas y aportar sensación de perspectiva. En este cuadro, la sombra es el factor más llamativo, adquiriendo un protagonismo importante, prácticamente esencial.

La vocación de San Mateo

Hasta este momento, no encontramos ninguna connotación subjetivamente negativa en la sombra cercana a la que tenemos hoy en día. Pensemos un poco en ello: ¿Qué nos provoca un ambiente sombrío? ¿Miedo, misterio, incertidumbre, tal vez?. En el Romanticismo, esta viajera en el tiempo se muestra más sombría (nunca mejor dicho) que de costumbre. Y similar a como la entendemos hoy en día, está cargada de connotaciones negativas. Evoca misterio, ocultismo y una gran carga simbólica.

En el impresionismo se vuelve a mostrar tenue y servicial a la hora de ayudar al pintor a resaltar la luz. Luz y sombra se dan mezcladas y no se pueden entender la una sin la otra. Artistas como Renoir o Monet lo saben bien. En esta época, la sombra pierde casi por completo esa connotación negativa, usándose para estudiar las reacciones de la luz. La captación de la luz mediante toques cromáticos sueltos fue la gran ambición de todos los grandes maestros impresionistas.

Huyghe dijo: «la luz ha sido domesticada por el pintor». Se pasó entonces a un manejo casi protagonista de la luz. La sombra, como actor secundario, se dedicó a ensalzar su papel.

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  • Esmi

    ¡Enhorabuena por la entrada! Tan trabajada como interesante.

    Desde luego, el tenebrismo es inolvidable.

    Fascinante el planteamiento hecho sobre qué nos ha llevado a ver de forma negativa toda sombra.

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